martes, 27 de octubre de 2015

Sínodo de humo y viento

A falta de declaraciones papales magisteriales, el Sínodo ha terminado en una increible humareda donde unos ven gris, otros negro, un tercero blanco... y todos salen atufados.

Bien, más confusión, más palabrería, más de lo mismo.
La crisis de la Iglesia, el cisma silencioso sigue su curso. Todos piensan que llevan razón, aunque digan lo opuesto diametralmente. Todos llevan razón, porque nadie ha dado razones. Deseos, ponderaciones corteses, dudas... humo.

Recemos. Es inmensamente triste que dos años de trajín y zozobra terminen en lanzar piedras a diestro y siniestro. (Bueno, sólo a un lado. Al lado de los que defienen la doctrina, clara y sin ambigüedades)

Recemos, en serio. No se nos adviene nada bueno.

P.S. Al final, era el mejor escenario posible. Papeles mojados, llenos de palabras huecas que cada uno acogera como quiera y convenga. Más modernismo.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Mozarabía

A las puertas de Europa se agolpan los bárbaros.
No es despectivo, es que su lengua nos suena, igual que entonces, como un barbarbar...
Pero son los bárbaros -a los que no entendemos, ni nos entienden- lo que transformarán esta podrida Europa. Como entonces, a la caida del Imperio.
Como ahora, que se nos está hundiendo el Imperio.

La civilización que engendraron Grecia y Roma, y que la Iglesia de Cristo nutrió e hizo fecunda, se pudre.
La estamos dinamitando con cargas explosivas que fingimos inocuas: aborto, antimatrimonio, hedonismo y materilidad. Placer fútil, carne de sepultura. Carne podrida.

Para colmo, la Iglesia, bebiendo los vientos de la modernidad, el aire del mundo, el aggiornamiento, se envenena con su propio vómito: el cisma es real, sólo falta que se manifieste, que abiertamente se enfrenten las partes.

Todo parece razón de deseperanza, pero hay un número, y no es el de la bestia, que le da a todo sentido:
675

Ánimo, cobrad fuerzas. Dios nos tiene guardados para la última de las batallas.
¡Tomad las armas!
Deus vult!

Los que aún perseveren, no tienen más remedio que estar firmes, en medio del mundo. Y eso sólo se consigue, cuando no vives en el mundo, cuando no eres del mundo. Nuestra vida está escondida, con Cristo, en Dios.

Quizá sea la hora de empezar a desaparecer, de escondernos, de huír adentro, al desierto.

viernes, 24 de julio de 2015

Advieniat!

Ver a los operarios del ayuntamiento condal retirar el busto de don Juan Carlos es triste, muy triste. No presagia nada bueno.
Son odios y venganzas, irracionales, de chiquillos, que se pagarán caro.
Bolas de nieve que se echan a rodar y arrollan, descontroladamente, lo que encuentran a su paso.
¡Oh, qué desdichados somos! ¿cómo no lo vimos venir?

Pero la piedra cayó mucho antes.
Lleva rodando mucho, arrasando mucho.
El empujon lo dieron -lo dimos- cuando quitamos a Dios su lugar en la sociedad.
Después sólo tendrán que caer las cosas por su propio peso.
Después será el llanto y rechinar de dientes.

Después, más después, será el triunfo de Cristo.
El triunfo del Corazón Inmaculado de María.
No vendrá por los estandartes levantados en honor a la Cruz,
sino por la Cruz y su ignominia, por la cruz y el martirio.
Como siempre, como hace no tanto tiempo.
Sólo que a ver, si esta vez, es la definitiva,
y vuelve Cristo para reinar in saecula.

Adveniat!


domingo, 23 de noviembre de 2014

Cristo Rey tiene que reinar


San Pablo lo dice categóricamente: Cristo tiene que reinar. Su reinado conviene, pues o reina Jesús, o reinan sus enemigos. Y conviene que reine Cristo, porque sus enemigos son la codicia, el recor, la pereza y la soberbia, la guerra y la metira.

Pero este gobierno no viene de manera automática, sino que va conquistando almas, va sometiendoselo todo, hasta que al final, sometida la muerte, reine la vida en Cristo, y Cristo vivo haga de su Corazón humilde y bueno la Ley de su reino: hacer la voluntad del Padre.

El último enemigo será la muerte. ¿Y el primero? El primer enemigo a ser sometido es el pecado, y no en sentido abstracto, sino mi pecado y tu pecado.

¿Reina, pues, Cristo en nosotros? ¡Dejémole reinar! Una buena confesión, proponernos esta semana una obra de misericordia, una obra de caridad, será la mejor manera de empezar a hacer discípulos de este Rey de Paz.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

¿Por qué ofrecerles misas a los muertos?


Ampliemos el foco. La pregunta sería: ¿por qué ofrecer la misa por una intención?
Seguro que lo primero que se le viene a la cabeza a un católico bien formado -en la nueva ola- es que la Eucaristía se ofrece ya por todos, y que por tanto es un infantilismo, o un egoismo espiritual, querer que la misa se aplique por una única intención. Encomendar los difuntos, o las ánimas benditas cuando ya se pide por todos ellos, incluso por aquellos cuya fe solo tú conociste es una redundancia, un viejo negocio de la fe.

El sacerdote no es una vedette; está para servir, no para dar gusto.

Vayamos por partes:
La misa no es una happy party, un evento de comunicación entre crisitianos con una misma fe, una asamblea participativa. La Eucaristía es el sacramento que hace presente la Persona de Jesucristo y su Sacrificio Redentor. En la celebración de la Santa Misa se realiza el memorial de su muerte y resurrección, donde se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la vida futura.

En este sacrificio -el de la Misa- hay alguien que ofrece (sacerdote), algo ofrecido (víctima) y el que recibe la ofrenda (ser superior). En cierto modo el valor inmenso de la Misa está en ser Cristo el sacerdote que se ofrece al Padre; esta ofrenda la hace como ser humano, por nosotros, la humanidad, y son los hombres los que, en la Iglesia, esposa de Cristo, se suman a esta ofrenda que nos une con Dios de una manera excelente.

Sacerdote es ofrecido también con el pan y el vino, y los fieles
Aquí tenemos un problema, ¿verdad, improbable lector progre? Resulta que todo el peso de la acción litúrgica reside en Cristo, y somos nosotros los invitados a la mesa. Preparas una mesa ante mí, en frente de mis enemigos... La Misa no es tanto acción de los hombres, como la obra que Dios hace con nosotros. Vamos a misa a dejarnos arrastrar por Cristo, que nos da su gracia, nos mete en la gloria y nos pone en comunión -sacramental, o al menos espiritual- con Dios. No somos espectadores, sino asociados a como la esposa a la del esposo (una sola carne, recuerden) a la obra y a los frutos.

¿Cómo? ¿Asociados a la obra del Redentor? Esto que parece un disparate es un tesoro cuando nos damos cuenta de ello. Porque Jesucristo ha puesto en las manos de su esposa, la Iglesia, todas las riquezas, todos los meritos de su Pasión. Y nosotros, unidos a Cristo, miembros de la Iglesia, nos ofrecemos con Él (por Él y en Él) no sólo de una manera espiritual -cada uno su buen obrar- sino perfectamente al ser ofrecidos y ofrecer la Victima pura que es el Hijo de Dios.

Esto cambia el panorama, porque la ofrenda de la Misa (no se me despisten, ¡es un sacrificio, es un regalo al Padre!) no es sólo del cura. A menos que el único que se sienta miembro de Cristo sea el cura, todos los cristianos nos ofrecemos al Padre en la Misa. Antiguamente, erano los fieles los que preparaban el pan y el vino de la Misa. La ofrenda del pan y el vino en el ofertorio es signo de la ofrenda de las propias vidas, del corazón y de los sentidos a Dios nuestro Padre.
Tres sacerdotes realizando su ministerio

¿Cómo participar de la Misa? Ofreciéndonos, y no solo para leer o pasar el cestillo. Ofreciendo la vida, y ofreciendo el corazón. Ofrecer la eucaristía por una intención es una forma sencilla y eficaz de unirnos a la ofrenda de Cristo, no por un interés, sino por una intención. Cristo se ofreció por todos los hombres. No estará mal ofrecernos nosotros por un familiar enfermo, un difunto reciente o el bien material o espiritual de una causa (la nación, por ejemplo).

¿Egoismo? No, más bien es entrar en la sintonía de Cristo, de pensar en el bien de los demás.
¿Redundancia? No, más bien encarnación de ese amor al prójimo que algunas veces dejamos en África o más lejos todavía.
Poner intencíon en Misa puede ser una buena manera de poner atención.

Del estipendio y sus fantasmas ya hablaré otro día. Si habéis leído hasta aquí, os encomendaré en Misa agradecido por sufrirme con paciencia




martes, 11 de noviembre de 2014

Los reyes son los padres, o desilusiones liberales


Sentirse engañado con el PP es como descubrir que los reyes son los padres.
¿Y todos los regalitos que te han ido dejando?

Muchos pensarán que mejor hacerse el longui, que bastante mal está el mundo.
Otros, no tantos, llevan ya tiempo sacándose las castañas del fuego, porque no podemos esperar que vengan a hacerlo las leyes, que además, son perversas. Queda seguir luchando, sabiendo que las leyes no cambian al hombre, ¡qué manía!

Por sus frutos los conoceréis.
¿Puede un árbol malo dar frutos buenos?
Pues eso.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Letrán o el alma dedicada a Dios

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.

Al celebrar la dedicación de la basílica de Letrán lo que estamos conmemorando no es la construcción de piedras, muy hermosa, monumento de arte y de la historia. La dedicación del templo, y todos han sido dedicados, es ofrecerlo a Dios para que se digne habitarlo; consagrarlo es separarlo de las cosas del mundo, del resto de los edificios, para que sea testimonio de la presencia de Dios en el mundo. La fiesta de hoy es más especial, porque miramos a Roma, a la Iglesia del Papa como obispo de aquella que es cabeza y madre de todas las diócesis.

Por ello os ofrezco dos consideraciones. La primera es según la palabra de Nuestro Señor Jesucristo: "No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre". La reacción violenta del Señor se debe a la profanación que realizaban los judíos al dedicar el templo a oficios que no tienen como fin el culto a Dios, sino el mero enriquecimiento de los hombres. Cierto es que eran cosas piadosas las que vendían, pero más indigno es comerciar con cosas santas en lugares santos. Este dedicarse a lo que no conviene en la Casa de Dios se produce hoy día en el templo material de nuestras iglesias cuando son escenarios de eventos sociales, o cuando por la belleza con la que se ha trabajado la fábrica de los templos atrae actividades impropias. ¡Qué horror ver una iglesia convertida en restaurante o galería de arte! Pero más aún: esa profanación ocurre cuando en el pueblo fiel que somos los bautizados, los que formamos el Cuerpo de Cristo, ocurre os digo cuando la Iglesia Católica se dedica a conchabarse con el mundo, buscando el aplauso y la afluencia de aduladores por la belleza de su ser Iglesia, santa e inmaculada por obra de la gracia, volviendose a ellos para regodearse en sentirse querida y admirada por los mismos que odian y desprecian al Señor. Y así, en esta profanación, queremos someter la doctrina de Jesucristo, el Evangelio, a subasta. ¡compre, compre, que está rebajado!.

La segunda es que esta degeneración, que ha acontecido siempre y que tenemos que velar porque no se extienda, nace no de las decisiones malvadas de los malvados pastores, sino de la misma corrupción que en el corazón del hombre se infiltra por el pecado, y contra la que hay que luchar buscando siempre la gloria de Dios, no nuestra gloria, reavivando las promesas bautismales y el afán por dejarnos seducir por el Espíritu Santo, no los impulsos del enemigo de las almas.

Sólo en la Iglesia arriba ese torrente de gracia que mana del Costado de Cristo, y que purifica a la misma Iglesia que tantas veces, como esposa infiel, se va buscando su propia satisfacción. Sólo en el alma rendida a Dios, dedicada a Dios desde el bautismo llega el torrente de la gracia,  y sana la corrupción del pecado por la misericordia que Dios nos tiene y la penitencia que nos ofrece. La casa de Dios, que somos nosotros por el bautismo, lavados y ungidos como cosa de su propiedad, hay que reformarla, y sólo los santos, esto es, los que se toman en serio su bautismo, son capaces de sanear y hermosear el Templo formado por piedras vivas que somos todos nosotros, la comunidad cristiana.

El mejor decorador es el Espíritu Santo, verdadero artista de las almas. Miremos la hermosura con la que Dios nos soño en María Inmaculada y pidámosle que el celo de la Casa del Señor devore nuestras vidas.

Alabado sea Jesucristo.
Sea por siempre bendito y alabado.

lunes, 2 de junio de 2014

Rey de reyes y Señor de señores

Un católico debe tener pocas cosas tan claras como ésta: no hay más Rey que Cristo. Lo celebramos todos los años, cuando noviembre, melancólico, nos hace contemplar cosas importantes -otra vez, de otro modo- que nunca agotamos: muerte, jucio, cielo, infierno, señorío.

Y el señorío, el dominio, la potestad y el imperio le corresponden a Jesús, el obrero de Nazaret, el Hijo de Dios. Que toda rodilla se doble... Por derecho de conquista, de legitimidad dinástica, de razón y conveniencia.

Pero a la vez, los católicos conscientes sabemos que un rey, incluso temporal, no es un oficio cualquiera. Cuando Dios consiente monarcas para su pueblo, aunque sea por misericordia con sus hijos, los consiente por que les da una misión: ser pastores del rebaño. Y pastores, aunque les pese, que deberían ser según su Corazón. Dei Gratia Rex. Por su gracia. Y sin su gracia, así nos va.

Por eso san Pedro nos amonesta: Estad sujetos por el Señor, a toda institución humana: lo mismo al rey, como soberano... (1Pe 2, 13) Y san Pablo nos llama al orden: Que toda persona se someta a las autoridades superiores, porque no hay autoridad que no venga de Dios; las que existen han sido constituidas por Dios. Así pues, quien se rebela contra la autoridad, se opone al ordenamiento divino, y los rebeldes ellos mismos se ganan la condena. (Rm 13, 1s).

Pues eso. Que un buen católico tiene que rezar por su monarca, por su gobierno... aunque no nos guste. Y cuando nos espantamos de que se siga llamando católico un monarca como don Juan Carlos, pues sólo tenemos una razón más, quizá más poderosa, para rezar y hacer rezar por nuestro rey.


Hoy se escribe un página intensa de nuestra historia. Historia que no sabemos qué nos traerá. El susto que se han llevado algunos con Pablo peloslargos Iglesias (por distinguirlo, nomás, de su bisabuelo) va en aumento. ¿Y qué si se pone feo el horizonte para los católicos? Lo debe asustarnos el daño físico, la persecución, la infamia, el dolor... No, eso, todo eso es nada. Lo único que debe preocuparnos es no estar a altura como católicos. Como nuestros mártires. Como nuestros gloriosos antepasados.

¿Entonces?


Haced rodillas. No queda otra. España se salvará si, al menos media España, se pone de rodillas.

Por el Rey.
Por España.
Por amor de Dios y la salvación de nuestras almas.

viernes, 2 de mayo de 2014

Un Corazón que arde y abraza (V)

No, no es una errata (y cometo muchas)

Es que el Corazón de Jesús tiene esas cosas. Porque quien se acerca, no pasa de largo. No puedes mirar a los ojos de Cristo e ignorarle. Si ocurre, es que no le habrás mirado.

Déjate abrazar. Déjate abrasar.

El quiere meterte muy dentro de su llaga, le has costado mucho, eres su conquista. A precio de sangre.



Déjate conquistar por Él.
Déjate abrasar en Él.

domingo, 20 de abril de 2014

De por qué la Pascua es tiempo de alegría

Oscuridad plena. Bueno, la que se puede conseguir, porque las señales de emergencia no hay quien las dome. Monaguillos que corretean trayendo cosas, tropiezan con el braseo, se achuchan el incensario.
Un cura nervioso, porque las iglesias a oscuras le ponen nervioso. Oremos, dice. Y oramos.

Y de pronto la luz.

Es una luz tímida, que aún no tiene fuerza porque no quema más que un poco de pábilo encerado. Pero suficiente como para encandilar los ojos y que la feligresía toda, vuelta hacia las cancelas de la iglesia, solo se fije en esa lucecita. Según se va signando y adornando de granos de incienso, la luz crece. Aún crece más, cuando el sacerdote, con toda la solemnidad que reviste la ocasión, levanta el cirio por encima de la cabeza y entona: ¡Luz de Cristo!.

El incienso, en bocanadas, es atraído por la llama del cirio florido que se comienza a derramar por todo el templo, haciendo de la oscuridad, constelación. Unas hábiles marías se acercan primeras al cirio, como primeras al sepulcro fueron aquellas, y con sus candelitas toman luz que llegará a todos los rincones.

Y de nuevo una voz rompe la noche: ¡Luz de Cristo!

Ya está cuajada la iglesia de luz, porque los monaguillos han encendido, alrededor del presbiterio, un centenar largo de candelitas que, situadas estrategicamente, hacen del ambon un faro en la noche. ¡Luz de Cristo!

Hay un silencio dramático: el turiferario, con más sueño que devoción, tarda en acercar el instrumento al preste. Triple ductus de doble ictus. Y una nube, luminosa como la del desierto, asciende con parsimonia hacia la bóveda, mientras un curilla le pide a los ángeles, a la creación entera y a la Iglesia -su Madre- que se alegre, que rompa a cantar, que reviente de gozo en mil alegrías, que resuene en su corazón una certeza: la Victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Cristo ha resucitado, Cristo está vivo, y si ha muerto por tí, por mí, por todos nosotros... ¿qué fuerza o abismo, que temor o demonio nos va a acobardar? Si Cristo está enamorado de nosotros, ¿quién podrá contra nosotros?

Exultet!
Exultet!
Exultet!