Puede ser que estemos viviendo la fe como en el Antiguo Testamento: suplidas las viejas instituciones por las nuevas, pero con el mismo espíritu: una vez a la semana vamos al Templo, una vez al año nos confesamos -bueno, tampoco es para tanto-, queremos guardar los mandamientos, e incluso los guardamos a rajatabla; cumplimos con nuestros deberes... cumplimos, en fin, cumplimos. Pero no completamos. La nueva ley no vino a suplir nada, sino a completar, a llevar a la cima, a empujar hasta la meta, a coronar la obra empezada. Y la cima es la vida eterna, viviéndola con Cristo, hechos hijos en el Hijo, salvados en esperanza, salvados ya, pero aún en camino hacia la gloria. El Corazón de Jesús debe ser el fundamento de nuestra vida cristiana. No es un plan de pastoral -buenos y eficaces en la medida en que no se les hace mucho caso-, sino una piedra angular, que debe quedar en el oculto cimiento de toda la empresa apostólica, de toda institución y congregación, de todo seminario ...